Suecia 1963
Ingrid Thulin. Gunnel Lindblom. Jorgem Lindstrom. Birger Malmsten. Hakan Jahnberg.
De la llamada Trilogía del silencio de Dios, del director sueco, esta era la única cinta que tenía pendiente. Como en un espejo se encuentra entre mis preferidas del autor; Los comulgantes, me parece una obra tan perfecta como intelectualmente poderosa. Y El silencio, una vez vista, me parece a la altura de las otras dos, siendo sin duda la más retadora y la más críptica.
Si en Como en un espejo, la divinidad se sustituía por una figura paterna exigente y cruel, en Los comulgantes la reflexión estaba sobre la idolatría frente al sentido de la verdadera fe llevaba a sus personajes al límite, en El silencio, la ausencia se materializa de una forma difícil de explicar. No sólo está en la ausencia de palabras sino también en la incomunicación, la incapacidad de entenderse incluso para quienes hablan el mismo idioma y tienen la misma sangre. Pero además, tengo la sensación, durante sus noventa minutos, que Bergman en este caso no ha dejado que la idea de Dios se cuele por un mínimo resquicio, retratando un mundo que tiene que sobrevivir en su ausencia absoluta, condenando al hombre a su soledad y a enfrentarse a si mismo.
De nuevo el centro relacional de la trama está en la familia, en este caso en dos hermanas. Pero el director las ubica en un escenario aislado, tierra de nadie, una ciudad, como no, en guerra, uno de los mayores errores de la humanidad, reflejo de su crueldad y su egoísmo. Detenidas por la enfermedad de una de ellas, deberán pernoctar unas noches en un hotel que es una especie de solitario laberinto. Con ellas, la eterna víctima, un niño, sólo merecedor de amores enfermizos y nunca de la atención necesaria.
En ese escenario todo es duro, gris, afilado. Las dos hermanas hacen patente su imposibilidad de quererse de una forma sana, el odio que tantas veces en las películas del autor esta presente en las relaciones más cercanas, llenas siempre de esquirlas. Una de ellas sólo encontrará breve consuelo en su victimismo, la otra un remedio igual de breve en el sexo. Pero las dos son conscientes de lo estéril de sus vidas y de ese viaje de vuelta a casa.
En una cinta que roza la barbarie en miradas y palabras, la única empatía está en los personajes grotescos, sea este el conserje del hotel o una troupe de enanos circenses que parecen ser los únicos huéspedes que comparten el local.
El silencio es casi cine de cámara, cruel, ya lo he dicho, críptico en ocasiones, pero con ello regalándonos la posibilidad de nuestra propia interpretación. Bergman en estado puro, el de la cámara como exorcismo.
Concluyo pues la Trilogía. No sé si volveré a ella. Mi apasionada admiración es pareja al dolor que me produce.
Público

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