Editorial Destino
600 páginas
Disponible en ebook.
Como muchos, descubrí a Dolores Redondo con El guardián
invisible y devoré la Trilogía del Baztan. Disfrute de todas sus novelas salvo
de la que ganó el Premio Planeta, donde jugaba con desequilibrio a ser Agatha
Christie.
Siempre me ha recordado a John Connolly, del que habré leído
más de veinte novelas, por su capacidad de maridar sin fisuras la novela negra
con lo sobrenatural, pero además, ella se ha vinculado a un entorno muy
concreto, configurándolo con una mirada propia que lo convierte en el escenario
perfecto para enfrentarse a las leyendas.
Ahora ha iniciado una nueva tetralogía, Los valles
tranquilos y regresa al modelo de la primera trilogía, no sólo con la aparición
estelar de Amaia Salazar, la protagonista de aquella sino también con un juego
metaliterario. Pero sobre todo, hay muchos aspectos comunes. Si con La cara norte del corazón y
Esperando el diluvio se habían alejado de casa, ahora regresa a territorio
conocido.
En la trama se combina un crimen reciente con otras historia
enraizada en leyendas oscuras. Una concluye, o eso parece, la otra nos emplaza
a las siguientes entregas. También hay una madre y un secreto familiar. Una
buena colección de secundarios y una mano maestra para dosificar la tensión.
Sí, quizás podría haberse parecido menos a sus predecesoras, pero el caso es que aquí también
nosotros nos sentimos cómodos.
De todas maneras, lo que más me preocupa es que Redondo se
deje llevar por el mal del tamaño. Ese que sufrió por ejemplo la serie de Harry
Potter o la saga de Stieg Larsson. Me explico: la primera novela de cada una de
estas colecciones, tenía un número de páginas convencional, alrededor de las
trescientas, pero a medida que avanzaban, iban engordando, como si quisieran
encerrar dentro al lector por mucho tiempo. La consecuencia suele ser las
reiteraciones y la pérdida de ritmo en algunos momentos. En Las que no duermen
se han rozado los síntomas y he visto que la siguiente supera las setecientas
páginas.
En cualquier caso, y mientras la enfermedad no se manifieste
de una forma contundente, y posiblemente aun entonces, a mi me costará mucho no
seguir disfrutando de estas novelas que consiguen apasionarme desde la primera
página hasta la última, de estas historias crueles de mujeres y venganzas, de misterios del pasado que aparecen para apropiarse del futuro. Y que sigo leyendo a la velocidad a la que se devora un buen banquete.

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