NOVELA: QUE VERDE ERA MI VALLE de Richard Llewellyn

 

Trotalibros

650 páginas

Disponible en ebook

Que verde era mi valle era una de las películas favoritas de mi padre. Supongo que, aunque no consigo recordarla, la vi varias veces en esas tardes de cine en televisión tan propias de los sábados del norte. Nunca supe que detrás existía una novela, y quizás fue la nostalgia lo que me llevó a ella al enterarme de su reciente reedición.

Lo que me encontré es algo muy similar a lo que me proporcionaba a menudo la lectura en aquellos años en que seguramente vi la cinta: esa sensación de entrar en un libro en el que te quieres quedar a vivir.

Sé que suena manido y algo cursi, pero no encuentro otra forma de expresarlo. Me refiero a esas largas novelas que describen un mundo en toda su amplitud, poblado de personajes cuyas historias se desmenuzan ante nuestros ojos. Esa sensación de conocer a cada uno de los protagonistas desde la infancia, de haberlos visto crecer y de compartir sus anhelos, sus dudas, sus deseos y su incierta mirada desde el futuro.

El narrador rememora desde la distancia de la madurez su infancia y adolescencia en un pueblo minero de Gales a finales del Siglo XIX. Miembro de una familia ejemplar y numerosa, los Morgan, crecerá con el ejemplo de sus padres y hermanos y siendo parte de una comunidad poblada de personajes pintorescos, al borde del nuevo siglo pero todavía con un pie puesto en la prehistoria que representa esa tierra que es su hogar, su amenaza y su sustento.

La novela es amplia y perfecta en todos los aspectos narrativos.

La descripción de personajes es minuciosa, con una riqueza tanto psicológica como estética que incluye, desde los caracteres más profundos a los más pintorescos. Cada uno de ellos con un desarrollo acorde a su presencia en la narración pero la mayoría con sus propias historias.

Dentro del tono fraternal de una narración escrita desde el amor y el recuerdo iluminado, no se evitan las estampas crueles, tanto desde el mantenimiento de tradiciones ancestrales como fruto de la dureza de las circunstancias y de su afectación en la fragilidad de las personas. En ese sentido, cobra especial relevancia la potencia de la naturaleza profanada por el trabajo en la mina y la crónica social de la injusticia obrera y los primeros pasos de un sindicalismo imprescindible.

Y todo esto, está contado desde una prosa densa, rica, fluida, capaz de hilvanar sin fisuras descripciones plagadas de metáforas con diálogos y elipsis. La escritura tiene la maravillosa calidad de los grandes clásicos. 

En resumen, la lectura de Que verde era mi valle no es una experiencia de regresión nostálgica a lo que en otros tiempos era saltar a otra dimensión desde las páginas de un libro, o no sólo. En si misma, es una magnífica novela, y me encanta y quiero reconocer una vez más, la labor y la valentía de las pequeñas editoriales como Trotalibros, en cuyo catálogo he visto también  novelas de James Hilton, otro clásico de mi infancia al que también tengo ganas de volver.

Por último, cierro esta nota recordando que a mi padre le debo mi amor a los libros y, en general, mi curiosidad. Y estoy seguro, que hubiese disfrutado mucho de esta novela que inspiró, como dije al principio, una de sus películas favoritas. Creo que esta lectura ha sido un buen homenaje, y creo que me toca completarlo con la revisión de lo que con ella hizo John Ford. Hay historias que son eternas, y también personas.

Público 

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