CINE CLÁSICO: PAISAJE EN LA NEBLA de Theo Angelopoulos

 

Grecia 1988

Michalis Zeke. Tania Palaiologou. Stratos Tzortzoglou. Eva Kotamadinou. Dimitris Kaberidis. Nadia Mourouzi

Al principio de muchas de las historias que pueblan las mitologías, está el viaje. Y pocas culturas tan deudoras de las leyendas ancestrales como la griega.

En tiempos de resurrección de La Odisea dentro de la cultura popular, no puede haber mayor contraste que volver la mirada hacia esos otros viajes que tantas veces ha construido el director Theo Angeolopoulos buscando de nuevo la grandeza desde la que sus antepasados hablaban de héroes y dioses e intentando regalársela a sus compatriotas de una Europa entre la decadencia y la búsqueda.

En Paisaje en la niebla todo comienza como un cuento, ya que los protagonistas son dos niños. Ellos decidirán abandonar a su madre y escaparse a Alemania en la búsqueda de un padre a quien sólo han soñado. Y  como los viajes de los cuentos, en un inicio, todo será infantil, no hacer falta dinero, ni comida, no hay preguntas, sus compañeros aparecerán desde una bondad abierta....

Hasta que la crueldad de los adultos, haga su entrada de una forma brutal para recordarnos que la infancia es sólo una estación de paso y que, en muchas ocasiones, ni siquiera dependerá del tiempo.

La caligrafía de Angeolopoulos es fascinante. Casi pictórica en su grandeza, amplia en su ambición no dejando ni un mínimo rincón de cualquier fotograma sin construir, combinando estatismo con movimiento y a un paso del surrealismo. Con ella, convierte su mundo en un espacio poblado por figuras y personajes deudores de esas antiguas leyendas que antes citábamos, actores a la búsqueda de un teatro convirtiendo en escenario la propia vida, centauros en dos ruedas, monstruos indiferentes al dolor....

Pero no olvida que es un contador de historias, y aunque en ocasiones lo haga sumando set pieces que parecen independientes, también es capaz de filmar una escena como la más cruel de esta cinta, una lección espectacular de contundencia y sobriedad.

Las dos horas de película componen una narración compleja y densa, tanto en su interior como en la forma de contarlo, materializando un mundo propio hecho de retazos del que conocemos y concentrándolos para alcanzar una obra total y demoledora. Es un cine pleno, consciente de todos sus recursos, perfectamente equilibrado y ambicioso. De esas ocasiones en que el cine es arte, en toda su esencia, que se pone al servicio de una historia que retrata la vida y nos obliga a contemplarla. Si a partir de ahí queremos aceptar su naturaleza trágica o intentar luchar contra ella, será nuestra decisión. Pero que sepamos que, mientras tanto, el viaje a lo desconocido siempre será una lucha entre la luz y la oscuridad.

Público 

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