SERIE TV: SHOAH de Claude Lanzmann

 

Francia 1985

Documental

Duración.-

10 capítulos. 50' C.U.

En ocasiones hay que ser humilde, como cuando comienzas a escribir un comentario sabiendo que te vas a quedarte muy lejos de poder transmitir la grandeza de lo que has visto y el impacto que te ha producido. Habitualmente los elogios más contundentes se dejan para el final, yo comienzo en este caso diciendo que Shoah es para mi una catedral en lo que se refiere a audiovisual y a crónica histórica. Un empeño comparable a El Quijote, las tragedias de Shakespeare, la novena sinfonía de Beethoven, Las Meninas o el Taj Mahal. Una obra sublime.

Es difícil creer que en la Europa del Siglo XX, gran parte de un país, con su gobierno a la cabeza, decidiese proceder al exterminio de una etnia con base religiosa como eran los judíos, una comunidad con raíces ancestrales, parte fundamental en el desarrollo de la civilización occidental.

Difícil creer que otros seres humanos fuesen capaces de encerrarles en guetos, que pronto se convirtieron a lo más parecido al infierno, llevarlos a campos de concentración que no eran realmente más que campos de tortura, y gasear a aquellos que conseguían sobrevivir a la brutalidad. Hacinar posteriormente sus cuerpos, ya despojos que poco recordaban a lo humano, y reducirlos a algo que nunca había existido, que nunca había tenido vida. Privar a cada uno de ellos de su propia historia y de su pasado y eliminar todo resto de humanidad.

Comprendo el concepto de la banalidad del mal que acuñó Hannah Arendt, pero me resulta imposible entender a un ser humano sin un resquicio de piedad ante el horror. 

El cataclismo y todo lo que le rodea, adquiere dimensiones inabarcables, bíblicas, donde parecen existir fuerzas que trascienden a la propia humanidad. Aunque quizás eso suponga también un grado de excusa y sea necesario el esfuerzo por contar bajando a lo cotidiano e intentar dibujar lo ocurrido con la suficiente transparencia para intentar comprender o asumir que a veces la Historia es incomprensible. Ese, creo es el empeño de Shoah.

Frente a otros productos loables, especialmente desde la ficción, que con buenas intenciones y, en ocasiones, excelentes resultados intentan contarnos lo ocurrido, Lanzmann huye de la peligrosa banalización de la ficción. Su propuesta es tan coherente como radical: sólo utiliza entrevistas a personajes reales y filmaciones de los lugares en los que tuvo lugar el holocausto.

En el primer caso, la lista incluye víctimas y verdugos silentes, a los que decían no saber, los que imaginaban y los que compadecían, los que se beneficiaron y los que se sintieron cobardes. Todos ellos con algo común en su interior: haya sido cual haya sido su posición en la tragedia, nunca podrán olvidar lo ocurrido.

Hay muchas palabras pero el director quiere que nos centremos sobre todo en las personas, sus miradas, sus silencios, sus lágrimas en ocasiones y en ocasiones su verguenza. Por eso la traducción o los subtítulos llegan generalmente después y, en muchas ocasiones, escuchamos sin saber lo que nos cuentan. El ejercicio es reposado y estremecedor, tenemos en pantalla el dolor y la verdad, con una sinceridad que no había sentido nunca.

Por lo que se refiere a los paisajes, siempre con esa luz triste y otoñal, sólo en algunas ocasiones abandonan el lugar de los hechos para desplazarse a lugares como Israel o Nueva York. El grueso está en la serena belleza vacía en ocasiones o habitada actualmente, como contrate de lo que allí ocurrió. No puedo transmitir lo que me producen esas imágenes; posiblemente que el infierno no es un lugar sino unos comportamientos. Que somos nosotros quienes lo construimos y somos capaces de levantarlo en cualquier sitio, para, años después, vivir encima como si nada hubiese ocurrido. 

También visitamos las ruinas de los campos, y, posiblemente mi recuerdo más estremecedor, contemplamos esos trenes que cruzan el país y que algún día fueron sinónimo de un viaje a la muerte. Es imposible ante esas visiones no sentir, incluso desde la fe, el silencio de Dios.

Lo dije al inicio. Estoy seguro que no soy capaz de transmitir el ciclón emocional que Shoah me produce, ni la admiración absoluta que siento por su concepción y su resultado.

Creo que debería de formar parte sin duda de cualquier listado de obras maestras para entender el Siglo XX, un tiempo con mucha oscuridad y donde el ser humano fue capaz de mostrar su versión más oscura. Quizás así, nunca se repita.

Pero sobre todo, es un monumento a la verdad, y con ello a todas aquellas víctimas, a quienes lucharon contra la bestialidad, y a quienes hoy aun siguen luchando. Para no olvidarles nunca.

Público

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