Debate
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Leer a Sebald ha sido una experiencia personal sobre el
valor de la memoria. Lo he comentado en alguna red: en los últimos años, había
sido un autor referenciado por muchos lectores a los que sigo. Lo tenía en el
punto de mira. Cuando una tarde, buscando otro libro en mi biblioteca, me
encontré con Vértigo. Lo había leído. Y no recordaba absolutamente nada. No sé
si a muchos les sonará herético. Pero vamos a dejar una opinión extendida para
que esto no ocurra otra vez.
La novela ( ¿es una novela? ) se estructura en cuatro
partes. El escenario es Europa en épocas diferentes. La trama el viaje interior
y exterior. Los puntos comunes, en la segunda y la cuarta, la biografía del
propio autor, y con el resto, líneas invisibles que se cruzan y conecta más
desde un punto de vista sensorial.
En la primera, conocemos a un personaje, soldado de las
Guerras Napoleónicas, perdido en la desazón de una vida que no encuentra su
sentido, y yendo de ciudad en ciudad como si se encontrase en un laberinto. Sus
anhelos y su desesperanza, podría recordarnos a cualquiera de esos personajes
del romanticismo alemán que encontraron su máxima representación en el joven
Werther. Lo que marida a este tramo a la perfección con el siguiente, es el
anacronismo de, a pesar de encontrarnos en 1980, plantearnos a un personaje (
el autor ) con el mismo espíritu que su predecesor; colocar a un hombre de entonces
en un panorama de un siglo después, el vértigo que el primero sentía y que le hacía
estar ausente de lo que le rodeaba, se convierte en el segundo en visiones imprevistas de
personajes del pasado que, sin ninguna sorpresa, se cruzan ante la mirada del
narrador.
En el tercer tramo, claramente referido a un conocido escritor
de inicial K., regresamos al pasado aunque ahora sea más cercano, y asistiremos
al desarrollo de una locura con la que es posible convivir porque tal vez sólo
suponga habitar el mundo mirándolo de otra manera.
Y finalmente, de nuevo en el siglo XX y de nuevo en manos
del narrador, el viaje se sucede de nuevo para terminar en un lugar donde los
recuerdos de la infancia, integrados en el presente, se presentan como un
refugio en el que por fin poder descansar. Quizás un final de viaje, también para los lectores al enfrentarnos a pequeños retazos de memoria que nos resultan extrañamente convencionales.
Posiblemente Sebald nos esté transmitiendo que el viaje es
la esencia del hombre, en concreto del hombre europeo, ya que no sólo se
desarrolla en el territorio sino también a través del tiempo. Y este último, es un sedimento inmutable al que sólo va incorporando
nuevas capas.
Sebald requiere toda mi atención en su lectura, posiblemente porque no soy capaz de dejar que me traspase e intento entenderlo, ser capaz de
atraparlo sin que se me escapen los mensajes que presiento bajo sus
construcciones. Aunque quizás su objetivo esté en la crónica de un paisaje
intelectual físico y moral, de un continente arrasado por la Historia en la incertidumbre de un futuro donde los personajes que sienten el vértigo de la memoria que no es suya, se encontrarán aun más perdidos ante una cantidad más abundante de recuerdos..
Es un interesante ejercicio de admiración. Esta vez no se me
olvidará.
Público

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