USA 2025
John Magaro. Molly Belle Wright. Talia Balsam
Para mí, como padre, el amor a mis hijas es el amor más
pleno. Es imposible explicar el nivel de necesidad que tengo con respecto a su
bienestar. La herida que supone cada muestra de fragilidad por su parte. El
exponencial sufrimiento que me produce cualquier de dolor que pueda acercarse a
ellas. Me resulta inasumible la renuncia a esa batalla interminable y callada
que es su felicidad.
Estoy seguro de que esa situación me obliga en ocasiones a
renunciar a una mayor sinceridad con ellas, buscando mantener esa figura que
les traslade una seguridad absoluta que, por un lado nunca me han pedido, y,
por otro, siempre va a resultar imposible.
Por todo ello, entiendo a la perfección al protagonista de Omaha. No puedo imaginar peor fracaso que fracasar
ante ellas. Y si la pobreza no está entre nuestros miedos primarios, es,
posiblemente, porque es una situación que a todos nos cuesta imaginar. Si lo
interiorizamos, todos sentiremos sin duda terror ante la imposibilidad de
futuro que supone.
Hace años, el cine americano independiente surgió como veta
desde la que contar realidades muy alejadas del sueño americano y del prototipo
de historias que parecían ser interesantes para el gran público, sustituyendo
la necesidad de presupuestos elevados con talento. Años después, nos
encontramos con películas como esta, que ya han superado la exigencia estética
de la artesanía pero no han olvidado la responsabilidad, y se atreven a moverse
alrededor del adjetivo de “pequeñas” para contar desde el interior y exigirnos
una identificación diferente con sus personajes.
En este sentido, Cole Webley demuestra
mucho talento para, bebiendo de sus predecesores, aportar su personalidad:
Por un lado, es importante señalar que, desde la escritura
hasta la elección estética, el dolor y el drama están centrados totalmente en
la dimensión interior del protagonista. De hecho, los paisajes que recorren en
su viaje están empapados de belleza. A su alrededor encuentra frecuentemente empatía.
Y los momentos de comunión familiar están tan llenos de amor filial y de una
ternura infinita, que harán que el golpe sea más fuerte cuando llegue.
Además, su caligrafía es exquisita en lo que se refiere a
elección de planos y muy directa en lo que se refiere al montaje, generando una
estructura ágil y enriquecida por multitud de detalles. Y las interpretaciones
que consigue en los niños son una absoluta verdad.
Webley nos ofrece pues esta
historia de amor y tristeza como un breve poema de carretera, un viaje donde la
fisicidad geográfica es sólo la primera etapa hacia la incertidumbre y la
esperanza en el horizonte.
El resultado es tan doloroso como podamos imaginar, y
también tan hermoso como haber contemplado el amor puro. Este padre,
posiblemente con un origen cinematográfico en Ladrón de
bicicletas y pariente de la reciente Aftersun,
nos recuerda nuestra fragilidad ante la derrota. La peor de las derrotas, esa
que nos lleva a fallarles a quien más nos necesita y a las últimas personas que
querríamos fallar en el mundo.
El cine, en ocasiones, nos enfrenta a la necesidad de vivir desde el perpetuo agradecimiento, y desde la comprensión de ese dolor ajeno que yo, personalmente, sería incapaz de soportar.
Público

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