España 2025
Olaia Aguayo. Josean Bengoetxea. Ainhoa Artetxe. Elorri Arrizabalaga. Otule Garai.
Hay una escena de esa luminosa película que es Una bonita mañana, de Mia Hansen Love que me golpeó especialmente. La protagonista, entregada al cuidado de su padre, abandona el hospital con el cansancio de un día acompañándole; al entrar en el ascensor ve a su progenitor deambulando perdido en el pasillo. Tras unos segundos de duda, espera que se cierren las puertas y abandona el lugar.
Esa sería la espina dorsal de Jone, a veces, esa sensación de culpabilidad en las circunstancias en que la vida nos pone al cuidado de alguien. Donde por mucho que hagas nunca podrás evitar momentos en que necesitas decirte a ti mismo que no puedes más y permitirte no ser perfecto.
Además, en el caso de Jone, la situación es más extrema, ya que la protagonista se encuentra en la edad del descubrimiento, de la salida al mundo y los primeros amores, cuando se tiene derecho al egoísmo. Huérfana de madre, vive con su padre y su hermana pequeña, se mueve en un grupo de amigos transparente en su camaradería, y tiene una sonrisa preciosa, ingenua y apasionada.
Cuando la conocemos, ya se ha convertido oficialmente en la principal cuidadora de su progenitor, diagnosticado de parkinson. Él acaba de abandonar su trabajo e intenta no convertirse en una carga para sus hijas, pero el equilibrio es difícil.
Nosotros la acompañaremos durante los días en que duran las Fiestas de Bilbao, desde el inicio a su conclusión, y esa explosión de luz y emoción, son un marco perfecto para narrar el desconcierto ante la necesidad de afrontar cuando la vida nos golpea como una ola y somos incapaces de adivinar a que punto de la orilla nos arrastra. En esa vorágine, Jone cree conocer algo parecido al amor al tiempo que, gracias a unos diarios, descubre a su padre, probablemente conociéndole por primera vez de forma independiente, al margen de su posición familiar.
Esto último, eleva la entidad de un personaje fundamental, al que dejaremos de ver ( nosotros y su hija ) sólo como una víctima, para admirar sus reflexiones y, de alguna manera, su coraje para asumir esa situación desde la sabiduría de quien es capaz de asumir las heridas de la vida, no desde la amargura sino desde la serenidad.
Fantova cuenta muy bien la historia, su cámara es fluida y brillante, retrata la realidad sin agresión y, sobre todo, deslumbra con la ternura por sus personajes. Esa ternura que a nosotros también nos empapa y que nos lleva a un final donde querríamos abrazarlos para ayudarles a caminar por el futuro. No me preocupa, les irá bien, sólo hace falta contemplar sus miradas, las de Aguayo y Bengoetxea, magníficos intérpretes, son capaces de rebosar amor, y ese es el mejor motor. Capaces de iluminar una historia que podría haber sido triste.
Público

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