CINE CLÄSICO: EL AÑO PASADO EN MARIENBAD de Alain Resnais

 

Francia 1961

Delphine Seyrig. Giorgio Albertazzi. Sacha Pitoeff. 

Para poder analizar en toda su dimensión una película tan radical, necesito contexto. Que lleva a un creador a construir una obra absolutamente rupturista, a que se quiere enfrentar, que se está estrenando en esos momentos.

61/ 62 fueron los años de Lawerence de Arabia, West Side Story, Matar a un ruiseñor. En Europa, A través del espejo, Viridiana, La noche.... Frente a una potente narrativa, la búsqueda de nuevos caminos. Pero ninguno tan atrevido como El año pasado en Marienbad.

La historia es aparentemente sencilla. Un hombre y una mujer coinciden en un hotel de lujo. Se han encontrado el año anterior. Se ven de nuevo. Ella parece no recordarlo. El le narra lo ocurrido. Ella lo piensa, o lo sueña. Él le pide que abandone a su marido. Ella lo duda.

Lo importante no es eso, sino como nos lo cuentan.

Todo se desarrolla en el hotel y en los jardines. Un escenario barroco hasta el exceso. Allí el resto de personajes, habitan espacios en extrañas coreografías que en ocasiones los convierte en estatuas. No tardamos en darnos cuenta de que lo que nos desconcierta es que las imágenes sólo tangencialmente maridan con el texto, esa narración en off, generalmente masculina, que siempre se mueve en unos límites que nos suenan más a sueño que a realidad. 

Mi visión se confunde entre disfrutar con las sensaciones que me produce, esa belleza absoluta, y mi incomodidad a la hora de entenderla. Quizás mi problema es necesitar cierta comprensión. 

Tardo en encontrar un motivo. Y finalmente siento que, frente a explorar la posibilidad de elevar la narrativa cinematográfica al nivel de la literatura y la experimentación para tratar en la pantalla las zonas oscuras del alma humana, Resnais apuesta por convertir el cine en un arte capaz de ensancharse integrando muchas otras. En el ámbito visual, lleva al extremo la estética de la pintura y la fotografía, desde la construcción arquitectónica hasta los retratos y las escenificaciones más artificiosas. En lo que se refiere a la palabra, nos propone una extraña poesía que parece buscar frases concretas entre la niebla.

Lo sorprendente es que, posiblemente, el hecho de que cada disciplina viva su propia vida, es lo que finalmente lleva a que la combinación de ambos sea algo tan potente.

El año pasado en Marienbad es una obra de arte magnífica, similar a contemplar el David de Miguel Ángel o escuchar Turandot, y como tal, puede admirarse de forma aislada. Sólo echo de menos, el añadido que podría ofrecerme el contexto, entender y reflexionar sobre su significado en un momento determinado. Su repercusión y la sorpresa, los nuevos caminos que abría. Pero por aquel entonces, me faltaban varios años para nacer. O sea que tendré que conformarme con admirarla en la distancia.

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