Dirección de escena.-
Christof Loy
Director musical.-
José Miguel Pérez Sierra
Intérpretes.-
Borja Quiza. Miren Urbieta Vega. Rafael Humberto Rojas. María Luisa Corbacho. Milagros Martín. Manel Esteve. Pablo Gálvez. Alonso Cabarrús. Alberto Camón. Adriana Viñuela.
Llegué tarde a la zarzuela, creo que ya lo he comentado
alguna vez. La ópera se consideraba algo más elevado, la zarzuela en mi
juventud nos sonaba a espectáculo casposo, propio de una España cañí. No sé a
quien hay que agradecer, supongo que a muchos, elevar el género a la categoría
que se merece.
Puede sonar contradictorio que haga esta introducción antes
de hablar de una… ópera. Pero El Gato Montés sin duda se sitúa entre las piezas
que, por su tipismo, y por su origen nacional, se consideraba más cerca de La
Revoltosa que de La Traviata. En esos años, una ópera española era algo que no
encajaba mucho, y de hecho, las que existen, las vemos programadas con mucha
más frecuencia (en Madrid ) en el Teatro de la Zarzuela que en el Teatro Real.
Pues bien, ayer, en este último teatro, conocí y disfrute de esta ópera española,, El Gato Montés, una sorpresa por su ambición y su novedad.
La historia cuenta con elementos propios de nuestra mitología:
gitanos y toreros, un bandolero por amor, dos hombres y una mujer. Una tragedia llena de folklore.
Y sin embargo, nos sorprende en su libertad narrativa que se refleja en el
contraste con la duración de los actos y la poca convencionalidad del
desarrollo en el destino de los amantes. Además, la música, empapada de tonos
que nos recuerdan a nuestra cultura ( de hecho a esta obra pertenece el
pasodoble que se toca hoy día en todas las corridas de toros ) es grandiosa y
rompe en muchas ocasiones la melodía para crecer aún más.
Además, la música no cantada tiene muchísima presencia, algo poco
habitual en este tipo de piezas. No sólo existe la habitual obertura, en este
caso para cada acto, sino que además uno de los cuadros, situado en la zona privada de una plaza de toros, es mudo casi en más de
un cincuenta por ciento y el resultado es sublime.
La representación que nos ofrece Loy es magnífica, rozando
lo perfecto. Alejada de todo tipismo, es limpia, sobria, y en el escenario se
le otorga volumen y elegancia. El movimiento de personajes crea cuadros
perfectos y la iluminación es una compañía sutil. Parece que el director tiene
claro que no hacen falta subrayados al dramatismo de la historia y la sirve
transparente, sólo añade un efecto muy suave que nos acompaña con figura de
destino y que atraviesa la tragedia como una flecha.
Sólo una pega relacionada con la duración. Bueno, no tanto
con la duración como con el hecho de que se incluyan dos intermedios, en total
de cuarenta y cinco minutos y, además, paradas algo largas por cambio de
escenario.
De todas maneras, el resultado es magnífico, sólido. Una obra de arte que se nos ofrece con un respeto absoluto. No hace falta nada más. Aun así, no puedo evitar esa pequeña frustración que siempre me genera la música hermosa; no ponerla atrapar.
Público

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