TEATRO: TRAS EL ENSAYO de Ingman Bergman


Director.-

Ernesto Caballero

Intérpretes.-

Emilio Tomé. Elisa Hipólito. Lucía Quintana

En un momento de esta obra, una joven actriz, al rememorar a su madre fallecida dice “Me costó mucho atreverme a odiarla”. En esa frase tan terrible y contundente, encontré de nuevo a Bergman, a aquel cuyas películas me fascinan por su desnudez y su capacidad de profundizar en el alma humana metiendo los dedos en todas las heridas, del que se ofrece en La linterna mágica con toda su miseria y su genialidad, de aquel que bebe de Strindberg, tan presente en Tras el ensayo y del que he comentado hace poco Tormenta. Estaba ahí, en esa afirmación tan oscura.

Tras el ensayo es una obra creo recordar que escrita para televisión, después de que, tras la magna Fanny y Alexander, el director anunciase su abandono del cine. La protagoniza un director, probablemente alter ego del propio Bergman, la joven actriz a la que antes he citado, protagonista de la versión de El Sueño que están ensayando, y el recuerdo una estrella del teatro en sus días gloriosos, amante también entonces, del protagonista y madre de la joven, es decir, la madre odiada.

En texto se estructura en dúos, donde los protagonistas se acercan y se rechazan, se abrazan y se alejan, para contarnos dos historias de amor sobre el mismo vértice, una desde su decadencia, otra cuando apenas se presiente. Y a través de ellos, el autor habla de muchas cosas ( algunas apuntadas también en Tormenta, del dramaturgo sueco ). Habla de la vejez, esa etapa en que todo comienza a decaer, y del hambre que entonces se siente por la juventud y el rechazo por quienes se convierten en nuestro espejo; habla del amor como ese fuego maravilloso y brutal pero que nace con vocación de, como todo fuego, extinguirse. Habla de la familia como refugio, como cárcel, como premio o castigo. Habla, y mucho, del teatro y de la realidad.

Ernesto Caballero asume una versión donde modifica la ensoñación del original con un ejercicio de metateatro que recordaría a Vania en la calle 42 si no fuese porque, al tratarse de teatro, interactúa mucho más con el público y se atreve a llevar muy lejos su propuesta. En todo momento hay un equilibrio entre acción y narración y en todo momento estamos presentes como un elemento más de la representación. Además aprovecha, con ese juego, para reflexionar ( desconozco si todo ello estaba en el original ) sobre nuestras propias máscaras y la búsqueda de un segundo de verdad. Tengo la sensación de que la parte más cruel y, porque no, más melodramática de Bergman, se ha trasladado a un espacio de pensamiento más reposado, con menos dolor pero, posiblemente, más interesante desde el punto de vista intelectual.

Y luego están los intérpretes. Lo primero que me pregunto es ¿Quién es Emilio Tomé y como no lo he conocido hasta ahora? Su cercanía, su dicción, una entonación transparente, el movimiento justo… Lucía Quintana no falla nunca, y además el director le regala ese maravilloso retazo de Gritos y Susurros. Y me acabo de enterar de que Elisa Hipólito es hija de Carlos, de casta le viene al galgo, su fuerza, su presencia.

La pieza se representa en la sala pequeña del Teatro Español donde la cercanía nos proporciona una intimidad muy positiva para el público ( ese público que en ocasiones, nos sorprende como si se tratase de una comedia, como ocurrió ayer con una mujer de risa fácil… ). El escenario en apariencia despojado, se llena con los grandes telones, unos pocos muebles, el movimiento de los actores y una iluminación perfecta.

El resultado es un magnífico ejercicio de teatro, y desde su creador, Ingman Bergman, hasta el director de esta magnífica versión, Ernesto Caballero, hecho por gente que ama el teatro. Y eso se nota.   

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