TEATRO/ MONÖLOGO: EL QUIJOTE EN 59 MINUTOS de Miguel de Cervantes/ Hector Urién

 

Dirección.-

Hector Urién.

Intérprete.-

Hector Urién

Al comenzar este espectáculo, Hector Urién se presenta. En su repertorio, además de este Quijote, hay otras grandes obras (novelas y obras de teatro) convertidas en monólogos de no más de una hora. Y su referencia son otros actores/ autores como Roberto Benigni y Dario Fo. Pues bien, tengo que decir que para mi esta es la esencia más tradicional y noble de lo que son los cómicos:

Una persona capaz de coger un texto hasta entonces sagrado, quitarle el polvo, hacerlo suyo y contarlo, sobre todo contarlo, y en este viaje, establecer una relación de complicidad con el público, herederos de aquellos que antaño, en pueblos abandonados, debían a estos personajes la ampliación de los horizontes de su imaginación.

Urién, desde el primer minuto, consiguen que nos comprometamos con él en esta narración, que seamos parte, que le ayudemos, que estemos ahí. Es brillante, divertido y cercano. Simpático, capaz de singularizar cada representación metiendo entre las páginas anécdotas personales de otras funciones y riéndose con nosotros. Es capaz de ser varios personajes, sólo con la voz y pequeños gestos, y cada pedazo de historia está llena de pequeñas referencias como un suspiro o el roce de una puerta, donde nos hace hueco para que juguemos con él.

Pero además, su relación con el texto es magnífica: es difícil reducir el Quijote a ese tiempo, hay que hacer una buena elección de capítulos y darle el suficiente color para que no parezcan viñetas, hilvanarlas también de cara a que la elección o parezca aleatoria. Urién lo hace, y además incluye, desde la distancia del narrador, cierto nivel de reflexión que comparte con nosotros en lo que se refiere al contenido de la obra, su escritura, su significado… ( el bonus track sobre el traslado del muerto es genial ).     

En definitiva, el espectáculo es una gozada, una fiesta que alcanza mucho mayor sentido cuando, el tiempos de arrebato tecnológico, volvemos a la palabra, a la ternura de los sentimientos de verdad y a la textura de lo artesano. Y además desde el respeto absoluto al texto original. Cervantes habría disfrutado, estoy seguro, y luego ya tendríamos tiempo de discutir si de verdad Alonso Quijano estaba loco….

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