Italia 2025
Toni Servillo. Anna Ferzetti. Milvia Marigliano. Massimo Venturiello. Orlando Cinque. Rufin Doh Zeyenouin. Giuseppe Gaiani. Vasco Mirandola. Alessia Giuliani. Francesco Martino. Linda Messerklinge. Gue Pequeno
Hace tiempo, modifique una frase de Dostoievski para adaptarla a mis necesidades y convertirla en un mantra personal. No recuerdo exactamente el original pero estoy seguro que difiere de mi interpretación; en cualquier caso, la mía es "los hombres son felices pero no lo saben".
Recordé esta afirmación ( que intentó no olvidar nunca ) viendo La Grazia, porque posiblemente hay algo de eso en la nueva propuesta de Sorrentino: los hombres ponemos demasiadas obligaciones a la felicidad, demasiadas certezas necesarias, sin darnos cuenta de lo inconvenientes y estériles que son. Cuando, una vez que van pasando los años, vamos expulsando piedras de la mochila, nos damos cuenta de que podemos alcanzar la gracia, contemplando la belleza de la duda. en definitiva, la belleza de la humanidad y la vida.
Nuestro protagonista es el Presidente de la República de Italia. Un hombre mayor a seis meses de finalizar su mandato y con decisiones pendientes. Un jurista, siempre apegado por naturaleza a la búsqueda de la verdad sin fisuras. Pero tendrá que asumir en ese final de atapa, que muchas veces es posible que eso no exista o que no lleguemos a conocerlo nunca. El ser humano debe de aceptar sus límites y comprender que, posiblemente, el lugar donde podrá encontrar toda su grandeza, será siempre y simplemente en el amor, posiblemente nuestro sentimiento más valioso.
Una vez más, Sorrentino nos ofrece un largo y pausado poema interior. Una introspección en las reflexiones de un personaje desconcertado. Para ello, nos sitúa en un nivel de distancia con la realidad que le permite sublimarla o rozar el surrealismo con imágenes de una gran belleza y, al mismo tiempo, funcionales como metáforas, aunque también se permite en ocasiones el descanso de la estética pura.
Todo está escrito desde la serenidad, con una marcada inteligencia basada en aceptar la propia ignorancia y en afrontar cualquier inconveniente desde el sentido del humor.
El resultado es maravillosamente barroco, brillante sin extravagancia, sorprendente en su capacidad de maridar perfectamente alma y cuerpo. Hace tiempo, comentando alguna de sus películas, comenté que Sorrentino remitía a los años gloriosos del cine italiano, siendo el más felliniano de los autores actuales. Ya no. Sorrentino ha alcanzado su propio sitio y su propia forma de contar, ha conquistado la libertad narrativa con la elegancia y tiene la generosidad de compartir con nosotros su búsqueda de sentido, siempre desde la empatía y la ternura.
En La Grazia, sigue su camino hacia la gloria. Y de nuevo con un magnífico Toni Servillo de cicerone.
Público

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