NOVELA: EL TUMULTO DE LAS BESTIAS de Yukio Mishima

 

Alianza Editorial 

160 páginas

Disponible en ebook

Yukio Mishima era para mi un eterno pendiente. Tenía apuntadas algunas de sus novelas recomendadas por algunos de sus admiradores, pero no sé porqué, nunca encontraba el momento. Al enterarme que una de sus obras, publicada en 1961, y nunca traducida al castellano hasta ahora, aparecía en el catálogo de Alianza Editorial, estaba claro que era una señal.

Y me alegro mucho de haberla atendido, porque si esta pieza no es una excepción, voy a hacerme fan. Es magnífica.

Hay tres cosas que me han fascinado de El tumulto de las bestias y que la hacen especial: su uso del lenguaje, la introspección psicológica de su historia y la perfección de su estructura. 

Vamos por partes:

Mishima parece dibujar con las palabras. Su forma de describir cada escenario y cada instante es única, en ambos casos tanto en el conjunto global como en cada una de sus piezas. Todo parece tremendamente delicado, nunca había percibido la belleza de la luz así, ni la inquietud que puede transmitir el viento, o la danza que puede descubrirse detrás de cada movimiento de unos brazos. Tengo la constante sensación de ver como se despliega ante mi un tapiz, lleno de matices y sobre el que descansa la historia.

Y la historia tiene la dureza del acero, un contraste contundente con la belleza formal. Los tres personajes protagonistas podrían haber sido creados perfectamente en el universo de James M.Cain. Mishima los retrata meticulosamente en sus deseos y sus contradicciones, pero sobre todo en su desesperación. Da vida a un trío imposible, un joven estudiante, su mentor y la mujer por la que ambos parecen estar atrapados, y los somete a la aspereza que les regala el entorno, donde también se esconde oscuridad entre las flores.

Pero creo que lo que más me ha gustado es su estructura. 

La novela se abre con un prólogo compuesto de dos escenas: en la primera conocemos a los tres personajes mientras son captados por una fotografía, no podemos imaginar lo que arde en el interior de cada uno, es casi sólo una imagen; en la segunda, se extiende el paisaje, el escenario principal, con una última frase que apunta el dolor y, sobre todo, el lugar a donde llegaremos después de la lectura.

A continuación viene la narración propiamente dicha, con todas las bondades que he contado al hablar del lenguaje y de la historia. Casi como un juego de velos que se van retirando camino de que los sentimientos y las acciones vayan volviéndose nítidas.

Por último llega el epílogo. Lo que comienza con la aparente serenidad del autor contándonos el origen de la historia, pronto, y con una frialdad sorprendente, se convierte en catarsis. No sólo porque es en este tramo donde conocemos el trágico final, sino porque parece saltar de la ficción a la realidad  y nos obliga a enfrentarnos a otra dimensión a lo ocurrido. No sabemos si es cierto o solamente un recurso narrativo, pero no importa: golpea. Y como última imagen, la soledad de quien pierde la belleza ante la pérdida de la mirada de quienes la amaban.

Lo dicho. He llegado tarde a descubrir a Mishima. Pero he tenido la suerte de hacerlo a través de esta joya, una pequeña obra maestra que duele tanto como fascina

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