Galería Ansorena
Carlos Morago es un pintor al que conocí hace tiempo, a través de sus acuarelas. Desde entonces he seguido sus exposiciones, no frecuentes, y siempre me he quedado atrapado en su técnica y en su capacidad de evocación.
La exposición que ahora presenta la Galería Ansorena está compuesta de oleos sobre tablas, vuelve a esas habitaciones vacías en perspectivas externas, que marcan distancias, atisbadas desde pasillos a través de puertas entreabiertas, como si espiase la soledad de esos hogares. También están sus patios donde la frescura se abre parcialmente hacia el interior, también con la ausencia de elemento humano. Y esas flores que estallan de belleza contra paredes avejentadas por el paso del tiempo. Todos sus cuadros huelen a memoria, a algo añejo.
Tengo la sensación de que Morago habla de un mundo gastado, abandonado en una decadencia donde la ruina es un elemento interior y donde los objetos inanimados y los restos de la naturaleza sobreviven al hombre.
En definitiva, como la cita con la que termina El nombre de la rosa de Umberto Eco "De la antigua rosa al final sólo queda el nombre". Quizás llegue un momento en que de estos recuerdos sólo queden las pinturas de Carlos Morago.
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