Sala Alcalá 31- Madrid
Hasta el 11 de enero de 2026
Mis conocimientos de pintura son limitados. Cuando hablo de una exposición, son mis percepciones lo que cuento. Y en este caso, sólo puedo hablar de alegría, vitalidad y una libertad gozosa.
Lo bueno de las retrospectivas es la amplitud con la que muestran la carrera de un creador.
En este caso, todo comienza con un bodegón de Cezanne, un cuadro que Alcaín interpreta, agiganta, divide, colorea de forma brutal. Y concluye en una colección de frutas y fruteros, de piezas vegetales, de formas.
Desde esta explosión, pasamos a formas más abstractas, elementos decorativos que pronto se convierten en collages de distinto tipo.
Creo que es entonces cuando pasamos de lo universal a lo local. Algunos, recuerdos de su infancia, incluso con autoretratos en el tiempo, también referencias a una España, la de los años setenta, todavía en grises y ocres.
A partir de ahí, llegamos a la parte que más me gusta, donde el autor coge referencias de el Madrid de entonces, desde la serie de escaparates a la de portales, y convierte un puñado de zapatillas, el portal de una lechería, unas bragas... en iconos pop, como una versión castiza de Warhol.
En el camino hay muchas más cosas, muñecos, pequeñas instalaciones, conjuntos.
¿El resultado? una aventura de formas y colores, una lucha contra las nubes, una carcajada, una mirada limpia.
Público

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