España 2025
Blanca Soroa. Patricia López Arnaiz. Miguel Garcés. Nagore Aramburu. Juan Minujín. Mabel Rivera. Lier Alava.
Lo verdaderamente sorprendente de esta película es su existencia y su éxito. En los tiempos que corren, que la historia de una niña de diecisiete años que decide ingresar en un convento, haya concitado la adoración casi unánime de la crítica, la Concha de Oro en un festival tan riguroso como el de San Sebastián y vaya camino de convertirse en un taquillazo, era algo muy difícil de predecir.
Además, la historia está contada desde un delicado respeto, sin ningún asomo de ironía o burla. Un ejemplo trascendente de intentar entender a quien no piensa como nosotros.
Y ¿que es lo que hace tan grande esta propuesta? pues personalmente creo que algo así como su pureza, su vocación de retratar la verdad con una claridad propia de la total transparencia, algo que su directora ya había conseguido en Cinco Lobitos. Ruíz de Azua parece limitarse a mirar, y sin embargo, detrás de esa sencillez y humilde sinceridad, tiene que haber mucha sabiduría. Sólo así, se puede retratar, sin juzgar ni tomar partido, a la familia que, noqueada por la inesperada decisión, intenta comprender lo que está ocurriendo y dar respuesta de una forma correcta. Sólo así se puede mostrar de forma absolutamente creíble, como alguien puede sentir eso tan inexplicable que es la fe.
Capítulo aparte, y sin duda una de las razones de que todo huela a cierto, es el nivel interpretativo. Que Patricia López Arnaiz y Nagore Aramburu están siempre bien no es una sorpresa, que Miguel Garcés al que desconocía es un gran actor, queda claro, pero lo de la niña Blanca Soroa es totalmente increíble. Todos ellos nos hablan de algo tan complejo como de la certeza, y de las dudas, de la necesidad de creer y la necesidad de no creer....y lo hacen desde sus propias vidas y sus propias inseguridades.
Repito, todo alrededor de Los Domingos es sorprendente. La habitamos casi dos horas sin apartar los ojos de una epopeya espiritual e íntima, nos emocionamos, y, como creyente, me siento capaz de poder compartir cualquier reflexión contraria a mis creencias que se haga desde el respeto y desde la duda, porque, a fin de cuentas, todos dudamos.
En tiempos de ira y polarización, de comunicación basada en la agresividad y el insulto, esta película es un ejemplo de la belleza de la empatía. Está claro que se puede no tener fe en Dios pero tenerla en la humanidad, y también está claro que es igual de válido.
Quizás en el cine también hay milagros.
Público

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