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jueves, 9 de febrero de 2017

TEATRO: EL CARTÓGRAFO de Juan Mayorga

Dirección.-
Juan Mayorga
Intérpretes.-
Blanca Portillo.
Jose Luis García Pérez

Las obras de Juan Mayorga son cada vez más grandes, más perfectas, en su dramaturgia.
Verdaderas narraciones complejas, muchas veces de fondo histórico y siempre con un punto de parábola, construidas con inteligencia, reflexión y poesía conceptual.
Generalmente me ponen sobre aviso esas obras que, se dice, "te hacen pensar"; sin embargo, en los textos de Mayorga, y muy especialmente en el que nos ocupa, a uno se le regalan muchos elementos para pensar, se le invita a la aventura de pensar sobre temas que nunca se había planteado.
En este caso, simplificando, sobre los mapas, o mejor dicho sobre como se puede "mapear" cualquier cosa, incluso un corazón.
El autor regresa a la Segunda Guerra Mundial, esta vez al Gheto de Varsovia.
A través de una exposición fotográfica, una mujer herida, que se encuentra en la ciudad por el trabajo diplomático de su marido, entra en contacto con un cuento de esa época y de la importancia de la cartografía.
Ante nuestros ojos se va desplegando esta historia del pasado, de un pasado cruel, junto con la búsqueda de esta mujer, difícil búsqueda ya que se convierte en la necesidad de encontrarse a si misma y a su pareja, de ser capaz de dibujar su vida ( "mapearla" ), y de convivir con sentimientos como la culpa.
Como he dicho antes, Mayorga es un gran dramaturgo, un gran estructurador, y así consigue que una historia abierta a muchos frentes, sea perfecta y totalmente transparente en su narración. La pieza se compone de unas veinte pequeñas escenas que soportan a la perfección los saltos en el tiempo, e incluso el punto de metateatro en que los actores se dirigen directamente al público para contarnos aquello que no se puede mostrar.
Este texto, es, ya lo he dicho, un baúl de temas sobre los que reflexionar, de nuevos caminos para el pensamiento, pero también es una historia cargada de emoción.
En este caso, como ya hizo con La lengua en pedazos y con Reikiavik, el Mayorga autor se convierte en Mayorga director.
Parece que nadie mejor que quien la ha escrito para entender su propia obra.
El cartógrafo admite muchas representaciones.
Una sería sin duda la de una amplia producción, con diferentes escenarios que van desde varias casas a parques, salas de interrogatorios, museos... así como un nutrido grupo de actores.
Sin embargo, el Mayorga director ha tomado la arriesgada situación de plantear un montaje despojado en rojo, un montaje que se refiere a la artesanía del teatro.
Sólo dos actores.
Unas líneas en el suelo y algunos útiles, todo ello en un rojo brillante y agresivo. También una fantástica iluminación y breves pero perfectas acotaciones musicales.
Con estos mimbres, el equipo es capaz de crear la realidad de lo que se narra, por supuesto sin esconder las costuras pero generando un continuo movimiento plagado de aciertos. Un ejercicio continuo de lucidez que hace que nos sentamos inmersos en la apasionante historia que se nos cuenta, sin notar el peso de un solo minuto en las más de dos horas que dura.
Para ello, no sólo hay un gran texto y un muy buen director.
Confiar todo en dos actores que están todo el tiempo en escena representando diferentes personajes casi sin más ayuda que su voz y su figura, encargados también de la mutación del escenario, obliga a contar con dos monstruos de las tablas.
De Blanca Portillo queda muy poco que decir que no se haya dicho ya.
Pero nunca había visto a José Luis García Pérez en un papel tan exigente. Simplemente decir que está al mismo nivel que su pareja.
El cartógrafo es un ejemplo de teatro, de magia escénica que consigue trasladarnos a otro mundo sin movernos de nuestras butacas.
Es lo que ocurre cuando se mezclan genio, inteligencia, talento y corazón. Y muchas veces, como esta, de la mezcla sale la poesía.

Público

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