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sábado, 18 de marzo de 2017

CINE: LA LA LAND- LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS de Damien Chazelle

USA 2016
Ryan Gosling. Emma Stone

Por fin he visto la que se supone es la película del año.
Y, en pleno 2017,  se trata nada menos que de un musical.
Pero hay más:
Se trata de un musical absolutamente chapado a la antigua, planteado en el modelo más clásico e incluso utilizando como fondo la meca del cine y el jazz, referencias con aire de nostalgia.
La La Land es el ejercicio más retro que he visto en mucho tiempo. Creo recordar que desde The Artist, otro ejemplo sorprendente de regreso al pasado.
Tal cual, está, podría perfectamente haberse rodado en la época dorada del musical de Hollywood sin necesitar mucho más que eliminar los teléfonos móviles.
El caso es que creo que entonces, La La Land hubiese sido considerada posiblemente un bonita obra menor. Ahora es la película del año. Lo mismo habría ocurrido con la antes citada The Artist, que nos devolvía al cine mudo y en blanco y negro como esta nos devuelve al nacimiento del cinemascope cantado
¿ Que es lo que convierte un producto cuya única originalidad es el anacronismo de su existencia, en un acontecimiento?.
Pues la verdad es que creo que quien ha puesto esta película en el podium no ha sido la crítica sino el público, y eso es significativo.
La La Land, responde a la necesidad o las ganas que todos tenemos de disfrutar sin complicaciones, de poder admirar una belleza de postal sin sentirnos cursis ni complacientes, de emocionarnos con amores previsibles. Eso sí, siempre que esté bien hecho.
Porque uno de los valores de su director es asumir todos los principios del género, incluso los más cuestionables. Y conseguir uno de esos logros casi alquímicos, que son difíciles definir y cuya receta nadie puede escribir con seguridad, me refiero al encanto.
La La Land es encantadora. Haciendo familia con lo retro, deberíamos de decir "deliciosa".
Lo es la asumida ingenuidad de sus números musicales, su artificialidad tan propia de estas narraciones, su colorismo chillón, también, sobre, todo, sus dos protagonistas a los que es facilísimo querer.
Chazelle ya había construido alrededor de la música su película anterior, la excelente Whiplash, pero en esta se decide de forma expansiva, y demuestra que su mano firme se puede mantener incluso en un material tan blando.
Consigue en este ejercicio consciente, un producto bueno y por momentos muy bueno ( el número de apertura es genial ), y también algo importante, que muchas personas, durante dos horas, se olviden de lo que ocurre ahí fuera.
Eso es mucho.
Y una de las labores a las que el cine nunca debería de haber renunciado.
¿ Cual podría ser la conclusión?
Quizás que a disfrutar se había aprendido hacia ya mucho tiempo y que, en ocasiones, sólo hace falta respetar el pasado y acudir a él sin complejos.

Público

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