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jueves, 9 de octubre de 2014

TEATRO: EL PRINCIPIO DE ARQUÏMEDES de Josep María Miró

Dirección- Josep María Miró
Intérpretes- Rubén de Eguía. Roser Batalla. Albert Ausellé. Santi Ricart

La historia que nos cuenta Josep María Miró no es nueva.
A modo de ejemplo, basta recordar , como un clásico ( que parecía haberse quedado anticuado y ahora, lamentablemente, vuelve a estar de actualidad ) , La Calunmia de Lillian Hellman; también el pasado año la película La Caza fue capaz de ponernos al límite de nuestras dudas con este delicado tema.
Rubén es monitor infantil de natación. En principio es un chico joven, descarado, sin problemas, como él mismo se define "el monitor enrollado". Hasta que un día cualquiera, sin demasiadas razones, estalla una bomba , algo que surge con una pequeña chispa y alcanza en poquísimo tiempo ( la obra , en tiempo real, no llega a la hora y cuarto ) la dimensión de una tragedia.
El espectador , o yo al menos, me veo en una absoluta encrucijada , para la que un día después sigo sin tener respuesta:
Por un lado, que duda cabe que , en muchos frentes, nuestro mundo se ha convertido en un lugar muy peligroso para los niños, y si estos son nuestros hijos, nuestra reacción puede perder el referente de la justicia; no hace falta más que abrir un periódico o encender la televisión para sentirnos aterrados frente a lo que puede ocurrir. Hasta que punto justifica eso cualquier error o el hecho de aceptar la duda como sinónimo de culpabilidad , es algo difícil de determinar en el campo emocional.
Pero también , estoy seguro, a todos nos duele pensar que estamos convirtiendo nuestro entorno en un ámbito de control tan absoluto que va desapareciendo cualquier vestigio de inocencia; cualquier referencia a un pasado más tolerante , como el campamento al que hace mención la directora de la piscina, suena en estos momentos a ciencia ficción. ¿ Hay cierto nivel de imán en esas barreras que no cesamos de crear o son necesarias? ¿ corremos el peligro de asumir cualquier tipo de control en aras a la seguridad?.
Y vuelvo al inicio , ¿ se puede justificar la injusticia?, ante el peligro para nuestros hijos ¿ se convierte la presunción de inocencia en presunción de culpabilidad?, o ¿ no es una forma de ganarnos la partida convertirnos en continuos vigilantes?.
El texto de Miró es una pequeña joya en precisión e inteligencia ; sus personajes son seres humanos y no posiciones abstractas , pero tampoco detienen el desarrollo de una tensión que se desenreda con una fluidez aterradora. El modelo de puzzle consigue lanzar la intriga en dos direcciones: hacia adelante y hacia atrás, en un alarde de maestría totalmente magnético.
La producción, dirigida por el propio autor, también es perfecta , medida y, sobre todo valiente, dar cuerpo y movimiento a la explícita sexualidad del protagonista sirve para ponernos en el filo, para hacernos aun más partícipes del drama , sin buscar justificaciones ni ofrecer refugios a nuestra autoimagen liberal y bien pensante. 
En la interpretación todos están perfectos, quizás destaque la solidez de Batalla pero también es su personaje el más completo. La fisicidad de Eguía es insuperable. 
El teatro tiene a veces la misión de hacernos pensar , de que nos paremos a contemplar el mundo que nos rodea y cuestionemos nuestros comportamientos y nuestra aportación al mismo. El Principio de Arquímedes no necesita más de ochenta minutos para poder patas arriba nuestra zona de confort.

Público     

1 comentario:

Pepito Grillo dijo...

En lengua catalana, María no lleva en tilde.