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viernes, 28 de febrero de 2014

CINE: LA VIDA DE ADELE de Abdellatif Kechiche

Francia 2013
Adele Exachopoulos. Lea Seydoux

Entiendo la fascinación que esta cinta creo en el pasado Festival de Cannes, donde termino premiada con la Palma de Oro. Y entiendo que, a pesar de tratar sobre una historia de amor lésbico y de contener varias secuencias largas y explícitas sobre sexo entre mujeres, esto no haya servido de excusa o referencia exclusiva para su éxito.
La limpia transparencia y la sencillez narrativa de su director, junto con una sensibilidad acusada, se imponen a cualquier otra característica del film.
La vida de Adele, en lo que parecen ser sus primeros capítulos, se acerca a una adolescente en el momento en que esta se siente confundida con respecto a su sexualidad.
Cuando  parece definirse, surge un hermoso romance con una mujer más experimentada y más libre. A partir de ahí, su historia de amor se desarrolla ante nuestros ojos con la naturalidad con que podría desarrollarse la de cualquier pareja, homosexual o heterosexual, con sus momentos buenos, su ternura, el asomo del miedo, sus diferencias, su lucha por no perderse y sus riesgos temerarios.
Pronto olvidamos, o yo al menos, que Adele y Emma son dos mujeres, para mi son dos seres humanos buscando el espacio donde compartir la vida.
Ya he citado al principio las virtudes de su director, su transparencia, también es obligatorio hablar de su capacidad para captar lo cotidiano, no sólo desde el punto de vista documental sino también interior; ante nuestros ojos vemos, perfectamente, a sus personajes sentir. No sé como lo consigue pero es un ejercicio fascinante. Dentro de ese contexto, las escenas de sexo antes citadas, encajan como un paso más dentro de la desnudez con la que nos muestra el alma humana. A destacar también el ritmo de las conversaciones, perfecto y absolutamente creible, en una película donde se habla un montón.
Creo que gran parte del éxito de la propuesta, está también en manos de sus actrices, capaces de asumir un riesgo inmenso pero también de hacernos llegar la piel y el alma de sus personajes. Lea Sydoux tiene el magnetismo necesario, pero mi mayor admiración está en la naturalidad de la Adele de largo apellido, a la que vemos crecer ante nuestros ojos, transmitiéndonos todos sus miedos y dudas, sólo sus diferentes formas de bailar a lo largo de la cinta ya merecerían un ensayo.
Película grande. De esas en las que las piezas parecen conjurarse creando una mezcla alquímica que la convierte en oro, y hacerlo en principio con materiales simples, de los que se pueden encontrar en cualquier sitio.
Hacer parecer fácil lo único. Otra de las características de un genio, y de su obra maestra.

Público      

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