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jueves, 7 de marzo de 2013

TEATRO: LA AMANTE INGLESA de Marguerite Duras

Dirección- Natalia Menéndez
Escenografía - Alfonso Barajas
Gloria Muñoz . Jose Pedro Carrión. Jose Luis Torrijo

No es la Durás una escritora fácil o cercana, pero como cualquier reto intelectual, cuando se consigue entrar en su mundo, el premio es grande.
Posiblemente sólo nos pida escuchar, con el silencio y la reflexión necesarias, y la inteligencia media que se le puede suponer a un habitante corriente del siglo XXI. Parece fácil, no lo es.
La Amante Inglesa parte de un hecho cierto, un inexplicable asesinato inmerso en un entorno cotidiano; uno de esos hechos que explotan en la rutina y que ponen ese mundo patas arriba, fundamentalmente por lo inesperado, que significa que bajo cualquier plácido bosque pueden existir corrientes subterráneas, cargadas de sentimientos que nos costaría mucho imaginar.
En principio parece que la autora establece una estructura de interrogatorio en forma de díptico para intentar esclarecer el porqué puede producirse un comportamiento tan contrario a la norma y al entorno. Creo sin embargo que esa es solo una falsa referencia, Marguerite Durás entiende que hay cosas que nunca se podrán explicar, y lo que hace es invitarnos a asomarnos con ella a lo más profundo que podamos del alma de sus personajes, sabiendo  aun así, que nunca será hasta el fondo.
Empezamos por el marido, un hombre con el que nos enfrentamos al otoño de una relación que tuvo amor pero que no ha sabido mantenerse más allá del desgaste; conocemos el silencio, la incomunicación, la mentira,los celos,  e incluso llegamos a plantearnos si la suma de esas pequeñas traiciones, de esos deseos cargados de odio, de tanta mediocridad, no serían capaces al amontonarlos, de adquirir el volumen del brutal asesinato. Durás nos muestra la vulgaridad en su estado supremo. Y posiblemente su actitud sea la del interrogador, fría, distante, más cercano a un juez que a un investigador.
Luego llega ella, la mujer, la asesina, ¿porqué no? la loca. Un ser solitario, sensual y salvaje, en apariencia inteligente, en apariencia absurda, incluso a veces en apariencia lúcida. No sé si es justo decir que la autora defiende su singularidad frente a la pobreza moral de su entorno, sí me da la sensación de que compadece su dolor y la dota de poesía, como si la locura fuese una frágil flor que puede surgir como una esperanza de la mediocridad humana. Y aquí el interrogador, quizás de nuevo la autora, va desde la curiosidad al desconcierto hasta que decide rendirse.
Con este planteamiento, se nos muestra un texto que, si somos capaces de escuchar, veremos que está lleno de esquinas y rincones, lleno de retazos de historias, de hilos de los que tirar, de caminos que explorar. Un texto que personalmente me transmite un millón de sentimientos, desde el dolor a la ira, desde el rechazo a la ternura, y también el miedo al saber que en todos nosotros existe una cara oculta que posiblemente ni siquiera nosotros mismos conozcamos.  
El jardín extraño de Alfonso Barajas es a la vez primavera y otoño, laberinto y cárcel transparente, concreto y abstracto, hermoso como todas sus escenografías y, también como todas ellas, absolutamente identificada con la obra, sirviéndole no sólo de apoyo sino potenciando su cercanía al público; acoge, transmite calor con lo que palía parte de la frialdad que podría llegar del libreto.
En ese paisaje, Natalia Menéndez vuelve a dirigir con calma, con serenidad e inteligencia, con un ritmo casi chejoviano que evita los excesos que fácilmente podría derivar una historia así, permitiéndonos adentrarnos con tranquilidad en las ideas y las palabras. Casi paladearlas.
Y llega el turno de los intérpretes , que difíciles en unos personajes de tal intensidad, que difícil Torrijo, como impersonal, como columna vertebral, perfecto; que difícil Carrión y que grande su enano moral, ese ser deleznable que nunca mereció una mujer tan diferente. En estos días he leído multitud de elogios de Gloria Muñoz, no son suficientes, lo suyo no es interpretación sino una abducción absoluta, una verdad tan cargada de matices que nos hace navegar por el interior de su mente, que nos pierde en sus anhelos hasta su grito final, desgarrador.
He disfrutado muchísimo de cada rincón de esta amante inglesa, también me ha dolido mucho; podría estar horas escribiendo. La prudencia me pide que no lo haga. Sólo me queda pues dar las gracias a quienes la han hecho posible.

Público

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